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| 'Mi pobre angelito parte mil' |
Colombia es un país extraño, un país sin
memoria ni individual ni colectiva, donde las penas que imparte el sistema
judicial no solo son desiguales como cuando a alguien lo mandan a la cárcel por
robar chocolates y a gente que ha desfalcado el equivalente a millones de
millones de chocolatinas solo les da una palmadita en la mano y los manda a
veranear a la casa que compraron con el ilícito, sino que ha perdido de la mira
a una parte importantísima de la sociedad: a los niños.
Es cierto que los menores tienen ciertas
desventajas frente a los adultos en cuestiones de conocimiento, pero eso no
puede ser excusa para dejar que se ‘descarríe’ toda una generación solo por el
intento desesperado de tratar de mejorar nuestro propio pasado en las manos de
los niños; siempre que me hablan de los niños como ‘seres de luz’ les pregunto
a mis interlocutores ‘es que acaso ustedes nunca fueron niños?’… Los niños son
el futuro, no se confundan, se deben cuidar en su condición de menores y
procurar el mejor acceso para ellos a la educación y salud, pero eso no implica
tomarlos a la ligera.
Miro con un poco de sorpresa pero algo de
asombro en la Revista Semana (lea la noticia aquí) como registran el apuñalamiento de manera vasta y
sangrienta de una niña a manos de sus compañeras solo para complacer a un
personaje de ficción (como los que tenemos los adultos pero lo llamamos de otra
forma), digo que veo ya sin sorpresa este tipo de noticias porque en realidad
son el común denominador de la vida humana: trasgredir al otro siempre pensando
solamente en nuestro propio beneficio, sea tangible, moral o simplemente
imaginario.
En los Estados Unidos de América el
sistema judicial es diferente, muy diferente, al que nos rige en Colombia, por
eso las comparaciones no pueden ser directas como lo quiere la gente del común
haciendo campañas populistas por prisiones perpetuas o incluso fusilamientos de
aquellos que no han comulgado con la ley, pero sí me parece que tiene algo de
coherencia cuando a las dos perpetradoras de tan execrable crimen (dos
compañeras de la occisa) son puestas en prisión preventiva inmediata y se les
establece una fianza de medio millón de dólares a cada una, con la posibilidad
bastante real de que sean condenadas a cadena perpetua.
Lo anterior se basa en una premisa de las
leyes norteamericanas: que si un niño es capaz de cometer semejantes actos
aberrantes y ellos atentan contra toda lógica infantil, debe ser tratado y
juzgado como un adulto. He ahí la argucia legal para tratar de poner en cintura
a nuestros tan amados infantes que hacen y deshacen con la ley, quienes son
utilizados para beneficios amañados por parte de las mafias, aquellos a quienes
no se les puede siquiera dar una mirada cortante a sus actos porque ya pueden
aducir un daño irreparable en su personalidad.
Soy muy liberal en muchos aspectos, pero
me parece que eso es lo que se debe hacer: poner en cintura a los niños y
jóvenes, devolverle el rol de educadores no solo de conocimientos sino de
valores a los maestros que lidian con cientos de niños al día con un mísero
sueldo, ser coherentes en las políticas internas de las casas y mostrarles a
los niños las consecuencias de sus actos y que por cada acción incorrecta debe
haber un castigo justo y total frente a las trasgresiones hechas… no voy a
abogar por el maltrato infantil, pero sí creo firmemente en que el tipo de
reprimendas que recibíamos cuando niños por parte de los adultos de ese entonces que tenían bien puestos los calzones no nos hizo los ciudadanos más
ejemplares de la historia, pero al menos nos inculcaron (evidentemente a través
de un miedo) valores y respeto, algo de cordura en un mundo sin sentido, algo
de valores en una sociedad que permite hasta lo inenarrable con tal de llenar
páginas en los periódicos, algo de dignidad.
Por ello creo que es prudente reevaluar
las políticas no solo de cuidado a la infancia, también a las políticas criminales
que los rigen, porque sino, este país y el mundo en general se irán destrozando
poco a poco por aquellos a quienes estamos obligados a educar y entregar un
mejor futuro: a los niños.
P.D.: Lo más alarmante, fuera del crimen,
es que el abogado defensor de las niñas en cuestión en su afán por bajar la
pena de las acusadas ahora se avoque a culpar a los padres, a la sociedad, al
internet y de paso a los lectores de cada folio de la investigación… En verdad,
en aras de la justicia, no se puede concebir semejante desvarío.

















































































